Desde pequeña soñaba con casarme —no con un cuento de princesas, pero sí con ese anhelo profundo de formar una familia— porque la sociedad te bombardea con la idea de que una mujer realizada es una mujer casada. En la escuela, mis amigas siempre tenían novio y se veían tan felices, mientras yo no, y eso me dolía. Me hacía pensar que había algo malo en mí. Con el tiempo tuve mi primer novio. Al principio todo era romántico, pero pronto se volvió una relación tóxica y abusiva. En ese entonces no conocía a Cristo. Fue precisamente el final de esa relación, y la depresión que siguió, lo que Dios usó para llevarme a sus pies. Yo me acerqué buscando que Él sanara mi corazón, pero Él me mostró algo mucho más profundo: que tenía una cuenta pendiente con Él. Que mi problema no era solo emocional, sino espiritual. Me mostró mi pecado, mi orgullo y mi autosuficiencia, y fue ahí donde el Señor me salvó. “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.” — Salmo 34:18 RVR60
Y aunque yo no lo veía al principio, porque mi ídolo era la idea del matrimonio, mi familia empezó a notarlo y me ayudó a abrir los ojos. Finalmente terminé el compromiso y devolví el anillo. Fue doloroso, pero también fue liberador: Dios me había guardado de algo mucho peor. “El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos.” — Proverbios 16:9 RVR60 Pasaron los años y, aunque vinieron otros pretendientes, ya no quería involucrarme. Había aprendido a tener cuidado, pero también había miedo. Diez años después conocí a otro hombre en la iglesia, alguien que parecía tener todas las credenciales de un buen cristiano. Nos hicimos amigos, compartíamos temas profundos, y llegué a pensar que podría ser alguien diferente. Pero cuando le pregunté directamente qué buscaba conmigo, me dijo que solo amistad. Lo más doloroso fue que manipuló la situación para hacerme quedar como si yo me hubiera imaginado todo. Muchos le creyeron. Fue humillante y muy duro, pero ahí fue donde el Señor volvió a obrar. En medio del dolor oré pidiendo que Él sacara la verdad a la luz, y así lo hizo. Todo salió a la luz y fue mucho más profundo de lo que imaginábamos. Esa experiencia quebró el último vestigio del ídolo que quedaba en mi corazón: el matrimonio. Fue entonces cuando encontré verdadera libertad. Hoy puedo decir sinceramente que no deseo casarme, a menos que sea la voluntad de mi Señor. Ya no me define un anillo, ni una promesa humana, sino Cristo mismo. Comprendí que mi identidad no está en el estado civil, sino en Aquel que me salvó. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” — Juan 8:32 RVR60 Hoy entiendo que muchas mujeres cristianas vivimos en pausa, esperando ese momento en el que “por fin” comience nuestra vida —cuando llegue el esposo o los hijos—, pero la verdad es que Dios no nos ha prometido nada de eso. Lo que sí ha prometido es Su presencia constante. Nuestra identidad no está en un esposo, ni en los hijos, ni en ningún rol terrenal, sino en Cristo, el único que no cambia, que no falla y que no se va. Sí, puede ser doloroso vivir en soltería, especialmente en una cultura que idolatra el matrimonio, pero cuando tus ojos están puestos en Jesús comprendes que no te falta nada, que en Él estás completa, y que no hay mejor lugar que vivir satisfecha en Su voluntad. “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en Él.” — Colosenses 2:9–10 RVR60 Gracias a Dios por la iglesia donde hoy sirvo, donde no se idolatra el matrimonio, sino que se honra tanto la soltería como el casarse, porque ambos son estados diferentes, pero con una misma verdad: nuestra identidad está en Cristo.
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
— Mateo 6:33
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