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CUANDO DIOS PARECE TARDAR: APRENDIENDO A ESPERAR EN UNA CULTURA DE INMEDIATEZ


Nos cuesta esperar. Es una realidad que como creyentes enfrentamos constantemente, porque nuestra impaciencia muchas veces refleja el ritmo acelerado de la cultura en la que vivimos.


Hemos aprendido a funcionar bajo la idea de que todo debe resolverse al instante, como si la espera fuera un estorbo y no una oportunidad.


Pero Dios, en Su sabiduría, usa precisamente esos tiempos de pausa para enseñarnos a confiar, depender de Él y crecer espiritualmente.

La espera suele confrontarnos porque revela lo que hay en nuestro corazón: nuestra falta de control, nuestras ansiedades y nuestro deseo de que las cosas sucedan en nuestros propios tiempos.


No es natural para nosotros detenernos, permanecer quietos y confiar en lo que no vemos. Sin embargo, es en ese espacio donde Dios obra de manera más profunda.


Con el paso del tiempo, el creyente va entendiendo que la espera no es tiempo perdido. Es un proceso intencional en el que Dios forma el carácter, fortalece la fe y ordena las prioridades.


A través de la espera, Él nos recuerda que Su tiempo es perfecto, que Su voluntad es buena y que confiar en Él siempre produce fruto.


Aprender a esperar no significa resignación pasiva, sino una confianza activa en que Dios está obrando, aun cuando no lo percibimos. Y es precisamente ahí, en ese aparente silencio, donde nuestra fe es refinada y nuestra dependencia de Él se vuelve más real.


En medio de este ritmo acelerado y de las expectativas irreales de una vida sin demoras, vale la pena detenernos y preguntarnos ¿Por qué nos cuesta tanto esperar?

Con frecuencia olvidamos que no somos soberanos, y que el tiempo le pertenece al Señor, no a nosotros

Y, más importante, ¿cómo podemos aprender a hacerlo bien? ¿Qué lugar tiene la espera dentro del plan de Dios para nuestras vidas?


Razones detrás de nuestra impaciencia


El hecho de que muchos de nosotros nos resistamos a la espera va mucho más allá de tener una personalidad activa o un deseo legítimo de ser proactivos.


Como todo en nuestra vida, esta lucha tiene que ver con el corazón; con razones más profundas que terminan manifestándose en nuestra impaciencia.


A continuación, veremos algunos aspectos que la impaciencia revela de nuestro corazón


  1. Nuestra impaciencia revela nuestro deseo de control

Somos impacientes porque creemos en la ilusión de que tenemos el derecho y la capacidad de controlar cada aspecto de nuestra vida.


Con frecuencia olvidamos que no somos soberanos y que el tiempo le pertenece al Señor, no a nosotros.


Jesús dijo: «¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?» (Mt 6:27).

Al momento en que escribo este artículo he vivido 355 392 horas; una sola hora, en comparación con esa cantidad, parecería insignificante.


Sin embargo, Jesús nos muestra que nuestro afán no puede lograr ni siquiera algo tan «pequeño» como esto. No tenemos el control de nada y jamás lo tendremos.


  1. Nuestra impaciencia revela que creemos saber más

Otra razón por la que somos impacientes es porque pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros, el tiempo, las circunstancias y los escenarios exactos en los que deberían suceder las cosas en nuestras vidas.


Creemos saber más que Dios, y por eso nos desesperamos cuando las cosas no suceden a nuestro tiempo ni de la manera en que esperamos.


Sin embargo, la Palabra nos enseña: «Porque la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Co 1:25). La gloriosa realidad es que Dios siempre conoce mejor que nosotros todas las cosas. La trampa mortal en la que caemos con frecuencia es creer que podemos saber más y mejor que Él.


  1. Nuestra impaciencia revela nuestra falta de confianza en Dios


El corazón que no desea esperar es, en última instancia, un corazón que no confía en que Dios está obrando para su bien.


Puede que sepamos que Él es sabio y soberano, pero dudamos de que usará esa sabiduría y soberanía para nuestro beneficio.


El apóstol Pedro nos recuerda sobre el carácter de Dios:


«El Señor no se tarda en cumplir Su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes» (2 P 3:9).


Dios no tiene prisa y, aunque a nuestros ojos parezca demorarse, Él siempre cumple Sus promesas.

Paciencia activa

La paciencia no es pasividad ni inactividad; más bien, es una actividad espiritual profunda que nace de la fe. Esperar con paciencia implica responder con confianza cuando los sentimientos quieren dominar y el corazón se inclina a la desesperanza.


Es una espera que busca activamente al Señor, aferrándose a Su carácter y a Sus promesas. Al mismo tiempo, la paciencia nos lleva a humillarnos delante de Dios, reconociendo que no somos soberanos y que dependemos completamente de Su sabiduría y tiempo perfecto.


El evangelio nos muestra esta realidad de manera suprema en Cristo. Él esperó con paciencia el momento preciso para hacerse carne, «cuando vino la plenitud del tiempo…» (Gá 4:4).


Esperó con paciencia cuando fue calumniado y maltratado, sin devolver mal por mal, confiando en Aquel que juzga con justicia (1 P 2:23). Y esperó con paciencia en medio del dolor de la cruz, sabiendo que Su sufrimiento tenía un propósito eterno: nuestra redención (He 12:2).


Su ejemplo nos enseña que la espera en Dios nunca es en vano, porque detrás de cada demora aparente hay un propósito mayor, y ese propósito siempre apunta a Su gloria y a nuestro bien.

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