LAS 9 INSTRUCCIONES DE JOHN OWEN PARA LUCHAR CONTRA EL PECADO
- Iglesia Bíblica de la Gracia
- Aug 11
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Hablar del pecado no siempre resulta cómodo. Es mucho más sencillo reconocerlo como un problema general de la humanidad que examinar con seriedad la manera en que continúa manifestándose en nuestra propia vida.
Sin embargo, la Escritura no presenta el pecado como algo que el creyente pueda tolerar, justificar o simplemente aprender a controlar. Nos llama a enfrentarlo y hacerlo morir.
El teólogo puritano John Owen expresó esta realidad con una conocida advertencia:
«Mata al pecado o él te matará a ti».
Esta afirmación resume buena parte de la enseñanza de su obra La mortificación del pecado, basada especialmente en las palabras del apóstol Pablo:

«Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Romanos 8:13
Mientras permanezcamos en este mundo, la lucha contra el pecado será una realidad. La vida cristiana no consiste en alcanzar un estado en el que ya no exista ninguna inclinación pecaminosa, sino en vivir en una continua dependencia del Espíritu Santo, identificando aquello que desagrada a Dios y combatiéndolo con determinación.
A este proceso Owen lo llama mortificación del pecado. No significa simplemente sentir remordimiento después de pecar, intentar moderar determinadas conductas o esconder aquello que sabemos que está mal. Mortificar significa combatir activamente el pecado con el propósito de debilitar su dominio y no permitir que gobierne nuestra vida.
A partir de esta enseñanza, podemos considerar nueve instrucciones que nos ayudan a comprender cómo debemos enfrentar esta batalla.
1. Diagnostica la severidad del pecado
No todos los pecados han desarrollado el mismo grado de arraigo en nuestra vida.
Hay pecados que quizá hemos comenzado a reconocer recientemente, mientras que otros han sido alimentados durante años mediante pensamientos, hábitos, decisiones y justificaciones repetidas.
Cuanto más tiempo permitimos que un pecado permanezca sin ser confrontado, mayor influencia puede llegar a ejercer sobre nosotros.
El problema se agrava cuando dejamos de luchar contra él. Podemos acostumbrarnos tanto a determinadas actitudes que comenzamos a considerarlas parte normal de nuestro carácter.
En lugar de llamarlas pecado, las justificamos diciendo que «así somos», que nuestras circunstancias nos llevaron a actuar de esa manera o que otras personas hacen cosas peores.
También podemos utilizar incorrectamente la gracia de Dios como una excusa para evitar una confrontación seria con nuestro pecado. La gracia nunca fue dada para que podamos vivir cómodamente con aquello que Cristo vino a destruir.
Por el contrario, la gracia nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir de una manera que agrade a Dios.
Por eso es necesario realizar un diagnóstico honesto. Debemos preguntarnos cuánto tiempo hemos permitido determinado pecado, de qué maneras lo hemos alimentado, qué excusas hemos utilizado y hasta qué punto nuestra conciencia se ha vuelto insensible ante él. Un pecado profundamente arraigado requiere una lucha intencional, perseverante y seria.
2. Comprende las graves consecuencias del pecado
El creyente ha sido justificado por medio de Cristo, pero esto no significa que el pecado haya dejado de ser peligroso. Precisamente porque pertenecemos a Cristo debemos comprender con mayor claridad la gravedad de aquello que se opone a Su voluntad.
Owen señala varias consecuencias que debemos considerar. El pecado puede producir un endurecimiento progresivo del corazón debido a su naturaleza engañosa.
También puede traer la disciplina paternal de Dios, robarnos la paz y debilitarnos espiritualmente. Además, una vida caracterizada por una práctica persistente y no arrepentida del pecado debe llevarnos a examinar seriamente la autenticidad de nuestra profesión de fe.

La Escritura también enseña que nuestro pecado contrista al Espíritu Santo (Efesios 4:25-30). El pecado afecta nuestra comunión con Dios, debilita nuestro testimonio y puede disminuir profundamente nuestra utilidad en el servicio cristiano.
Por eso nunca debemos considerar el pecado como algo pequeño simplemente porque sus consecuencias no sean inmediatamente visibles. El pecado siempre destruye. Puede comenzar de manera aparentemente insignificante, pero si encuentra un corazón dispuesto a tolerarlo, buscará extender su influencia.
Comprender sus consecuencias nos ayuda a abandonar una actitud superficial y a reconocer por qué debemos enfrentarlo con seriedad.
3. Convéncete de tu culpabilidad
Una de las tendencias más naturales del corazón humano es disminuir nuestra propia responsabilidad. Podemos reconocer que hicimos algo incorrecto y, al mismo tiempo, construir toda una explicación que nos permita sentirnos menos culpables.
Por eso Owen aconseja llevar nuestro pecado delante de la santa ley de Dios. No debemos medir nuestra conducta únicamente comparándonos con otras personas ni evaluarla según los estándares cambiantes de nuestra cultura.
El verdadero estándar es el carácter santo de Dios revelado en Su Palabra.
La Escritura expone nuestros pensamientos, motivaciones, palabras y acciones.
Cuando permitimos que la Palabra examine nuestro corazón, dejamos de preguntar solamente: «¿Qué tan grave fue lo que hice?» y comenzamos a preguntarnos: «¿Qué revela esto acerca de mi corazón y de mi relación con Dios?».
Pero el creyente no contempla su pecado solamente a la luz de la ley. También debe contemplarlo a la luz del evangelio.
La cruz nos muestra simultáneamente la gravedad de nuestro pecado y la grandeza de la gracia de Dios. Nuestro pecado fue tan serio que Cristo tuvo que entregar Su vida para redimirnos. Al mismo tiempo, Su sacrificio demuestra la inmensidad de la misericordia que hemos recibido.
Esta realidad debería llevarnos a preguntarnos cómo podemos continuar acariciando aquello por lo que nuestro Salvador tuvo que morir. La convicción verdadera no busca destruirnos mediante una culpa sin esperanza; nos conduce al arrepentimiento y nuevamente hacia Cristo.
4. Desea fervientemente la liberación
No basta con reconocer intelectualmente que determinada conducta es pecado. Debe existir en nosotros un verdadero deseo de ser libres de ella.
A veces queremos las bendiciones de una vida en obediencia sin querer abandonar aquello que alimenta nuestra desobediencia.
Deseamos paz, comunión con Dios y crecimiento espiritual, pero al mismo tiempo conservamos afectos, hábitos o pensamientos que sabemos que no deberían permanecer.
Owen insiste en la importancia de anhelar profundamente la liberación. El creyente debe llegar al punto de clamar delante de Dios porque ya no quiere continuar viviendo bajo la influencia de ese pecado.

Este deseo no nace simplemente de nuestra fuerza de voluntad. Es también una obra de la gracia de Dios en nosotros. Cuando comenzamos a amar más profundamente la santidad, aquello que antes tolerábamos comienza a resultarnos cada vez más incompatible con la vida que deseamos vivir delante de Dios.
La pregunta, entonces, no es únicamente si queremos dejar de sufrir las consecuencias del pecado. Debemos preguntarnos si verdaderamente queremos abandonar el pecado mismo.
5. Considera la relación entre tus pecados y tu temperamento natural
Cada persona posee características, tendencias y debilidades diferentes. Hay pecados hacia los cuales algunas personas pueden sentirse particularmente inclinadas debido a su temperamento, experiencias o patrones de comportamiento.
Reconocer estas inclinaciones no significa justificarlas.
Decir «así soy» nunca convierte un pecado en una virtud. Nuestro temperamento puede explicar por qué ciertas luchas son más intensas para nosotros, pero no elimina nuestra responsabilidad delante de Dios.
Conocernos a nosotros mismos puede ayudarnos a identificar aquellas áreas donde necesitamos ejercer una vigilancia especial.
Precisamente por eso Pablo habla de ejercer dominio sobre sí mismo:
«Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumb
1 Corintios 9:27
Una persona puede ser particularmente vulnerable a la ira; otra, al orgullo; otra, al temor, la envidia, la sensualidad, la búsqueda de aprobación o el deseo de controlar.
La madurez cristiana implica aprender a reconocer nuestras debilidades para no exponernos innecesariamente a aquello que sabemos que puede dominarnos.
6. Evita las ocasiones que incitan al pecado
La lucha contra el pecado no ocurre solamente en el momento de la tentación. Muchas veces comienza mucho antes, cuando decidimos acercarnos o alejarnos de aquello que sabemos que despierta nuestros deseos pecaminosos.
Owen advierte que quien juega deliberadamente con las ocasiones para pecar está jugando con el pecado mismo.
Por eso debemos observar cuidadosamente las circunstancias que suelen preceder nuestras caídas. Puede tratarse de determinados ambientes, conversaciones, relaciones, contenidos, horarios, estados emocionales o hábitos. Si reconocemos que ciertas situaciones despiertan repetidamente una tentación particular, la sabiduría consiste en establecer límites antes de encontrarnos nuevamente frente a ella.
En ocasiones pedimos a Dios que nos ayude a vencer una tentación mientras seguimos exponiéndonos voluntariamente a aquello que la alimenta. Pero parte de nuestra responsabilidad consiste precisamente en alejarnos de aquello que sabemos que puede convertirse en una ocasión para pecar.
No se trata de vivir dominados por el temor, sino de caminar con sabiduría. Conocer nuestras debilidades debería hacernos más cuidadosos, no más confiados en nuestra propia capacidad.
7. Haz frente a las primeras señales del pecado
El pecado es mucho más fácil de confrontar cuando aparece por primera vez que después de haber permitido que crezca.
Una acción pecaminosa generalmente no surge de la nada. Antes de convertirse en una conducta, muchas veces comenzó como un pensamiento, un deseo, una fantasía, una conversación interior o una pequeña concesión.
Por eso Owen aconseja levantarnos con firmeza contra los primeros movimientos del pecado.

Cuando un pensamiento pecaminoso aparece, no debemos entretenerlo para después intentar detenerlo. Cuando sentimos crecer el resentimiento, no debemos alimentarlo mediante conversaciones imaginarias.
Cuando surge la envidia, el orgullo, la lujuria o cualquier otro deseo desordenado, debemos llevarlo inmediatamente delante de Dios.
8. Medita en la gloria de Dios
La lucha contra el pecado no consiste únicamente en mirar constantemente nuestro pecado. También necesitamos levantar nuestra mirada hacia Dios.
Owen dirige nuestra atención hacia la excelencia y la majestad de Dios. Cuando contemplamos quién es Él, comenzamos a comprender con mayor claridad la verdadera naturaleza del pecado.
La santidad de Dios revela nuestra impureza. Su grandeza expone nuestro orgullo. Su bondad confronta nuestra ingratitud. Su fidelidad revela nuestra incredulidad. Su suficiencia pone en evidencia todos aquellos lugares donde buscamos satisfacción fuera de Él.
Cuanto más conocemos a Dios, más claramente vemos el pecado por lo que realmente es. Además, debemos recordar que incluso aquello que conocemos de Dios representa solamente una pequeña parte de Su infinita grandeza. Siempre habrá más de Su carácter, Su sabiduría, Su poder y Su gloria por contemplar.
Un corazón maravillado por Dios encuentra cada vez menos atractivo aquello que compite con Él.
La mortificación, entonces, no consiste únicamente en decirle «no» al pecado. También consiste en aprender a decirle «sí» a algo infinitamente superior: la gloria, la belleza y la suficiencia de Dios.

9. No te apresures a consolarte
La última instrucción de Owen es también una advertencia importante. Después de haber experimentado culpa o convicción por determinado pecado, podemos apresurarnos a pensar que el problema ya ha sido resuelto.
Pero sentir tristeza no es necesariamente lo mismo que arrepentirse. Podemos sentirnos mal por las consecuencias de nuestras acciones, por haber sido descubiertos o simplemente porque nuestra conciencia nos acusa, sin haber desarrollado todavía un verdadero odio hacia el pecado.
Por eso Owen advierte contra una paz superficial. Jeremías habló de quienes trataban las heridas del pueblo con ligereza diciendo: «Paz, paz; y no hay paz» (Jeremías 6:14).
Necesitamos permitir que Dios examine profundamente nuestro corazón.
Pablo escribe:
«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos» 2 Corintios 13:5
El verdadero arrepentimiento no busca simplemente recuperar rápidamente la tranquilidad. Desea que el pecado sea expuesto, confesado y abandonado. Tampoco se concentra exclusivamente en un pecado mientras ignora deliberadamente otros.
A medida que Dios obra en nosotros, crece una verdadera aversión hacia aquello que le desagrada.
Esto no significa que debamos vivir permanentemente atormentados por la culpa. En Cristo existe perdón real y completo. Pero precisamente porque Su gracia es tan preciosa, no debemos utilizarla para cerrar apresuradamente una herida que todavía necesita ser tratada.
La lucha contra el pecado depende de la gracia
Después de considerar estas nueve instrucciones podríamos cometer un último error: pensar que vencer el pecado depende exclusivamente de nuestra disciplina.
La Escritura presenta una realidad diferente.
Romanos 8:13 no dice simplemente que debemos hacer morir las obras de la carne. Dice que debemos hacerlo «por el Espíritu». Existe una responsabilidad real del creyente, pero también una dependencia absoluta del poder de Dios.
La santificación no es pasividad. Debemos vigilar nuestro corazón, reconocer nuestras debilidades, evitar las ocasiones de pecado, disciplinar nuestros deseos y responder rápidamente ante la tentación. Pero ninguna de estas cosas puede producir verdadera santidad independientemente de la gracia de Dios.
Por eso nuestra lucha contra el pecado siempre debe conducirnos nuevamente a Cristo.
Cuando caemos, acudimos a Cristo. Cuando somos tentados, dependemos de Cristo. Cuando reconocemos nuestra debilidad, buscamos la fortaleza que solamente Él puede proporcionar.
Hebreos nos invita:
«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».Hebreos 4:16
La respuesta cristiana al pecado, por tanto, no es la resignación ni la autosuficiencia. No decimos: «Nunca podré cambiar», pero tampoco afirmamos: «Puedo vencerlo por mis propias fuerzas».
Luchamos porque Dios nos llama a luchar, y dependemos de Él porque solamente Su gracia puede transformarnos. John Owen lo expresó claramente: «La mortificación de cualquier pecado debe ser por un suministro de gracia. Por nosotros mismos no podemos hacerlo».
Mientras vivamos, tendremos que combatir el pecado. Sin embargo, el creyente no entra en esta batalla para obtener el favor de Dios, sino porque en Cristo ya ha recibido gracia, una nueva vida y al Espíritu Santo que obra en él.
Por eso la pregunta no es si alguna vez tendremos que luchar contra el pecado, sino qué estamos haciendo hoy con el pecado que todavía vemos en nuestro corazón. No debemos alimentarlo, justificarlo ni aprender a convivir con él. Debemos llevarlo delante de Dios, enfrentarlo con Su Palabra y, por el poder de Su Espíritu, hacerlo morir.




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