CUANDO EL AMOR SE CONVIERTE EN UN ÍDOLO
Todos queremos ser amados. Queremos sentir que somos importantes para alguien, encontrar una persona que permanezca, que nos conozca profundamente y aun así decida caminar a nuestro lado.
No hay nada malo en ese deseo, Dios mismo creó al ser humano con la capacidad de amar y ser amado, y estableció el matrimonio como una expresión hermosa de compañerismo, compromiso y entrega.
El problema comienza cuando dejamos de ver el amor humano como un regalo de Dios y comenzamos a verlo como algo indispensable para sentirnos completos.
Vivimos en una cultura que constantemente nos dice que encontrar a “la persona correcta” puede cambiarlo todo.

Las películas, las series, las canciones y las redes sociales presentan relaciones en las que alguien está dispuesto a abandonar principios, amistades, responsabilidades e incluso su propia identidad por estar con la persona que ama.
Los celos pueden presentarse como una demostración de interés, la obsesión como pasión, la dependencia como compromiso y la incapacidad de vivir sin alguien como la expresión máxima del amor. Sin embargo, que una conducta sea presentada como romántica no significa que sea saludable, mucho menos bíblica.
La Escritura nos ofrece una definición completamente diferente. En 1 Corintios 13:4-6 encontramos que el amor es sufrido y benigno, no tiene envidia, no es jactancioso, no busca lo suyo, no se irrita y no se goza de la injusticia, sino de la verdad. El verdadero amor no necesita destruir principios para demostrar su intensidad, tampoco utiliza al otro para satisfacer sus propios deseos, porque el amor bíblico no pregunta únicamente qué puede recibir, sino cómo puede honrar a Dios mientras busca genuinamente el bien de la otra persona.
CUANDO UNA PERSONA COMIENZA A OCUPAR EL LUGAR DE DIOS
La idolatría no siempre tiene la apariencia que imaginamos. Un ídolo puede ser cualquier cosa que ocupe en nuestro corazón el lugar que solamente le corresponde a Dios, puede ser el dinero, el éxito, la aprobación, una meta, una relación o incluso una persona que amamos profundamente. Romanos 1:25 describe el problema del corazón humano diciendo que cambiamos la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador.
Una relación comienza a convertirse en idolatría cuando nuestra paz depende completamente de cómo esa persona nos trata, cuando necesitamos constantemente su aprobación para sentir que tenemos valor, cuando el miedo a perderla nos lleva a comprometer nuestras convicciones, cuando nuestra felicidad depende de su presencia o cuando estamos dispuestos a desobedecer a Dios con tal de conservarla. Tal vez nunca diríamos que adoramos a esa persona, pero nuestras decisiones pueden demostrar que su lugar en nuestro corazón se ha vuelto demasiado grande.
Esto también puede suceder dentro del matrimonio. Casarse no elimina la tendencia del corazón hacia la idolatría. Podemos esperar que nuestro esposo o esposa siempre nos comprenda, llene nuestros vacíos, responda correctamente a nuestras necesidades, nos haga sentir seguros y nunca nos decepcione. Sin darnos cuenta podemos colocar sobre una persona imperfecta expectativas que ningún ser humano puede cumplir.

NINGUNA PERSONA PUEDE COMPLETARTE
Una de las ideas más repetidas acerca del romance es que existe alguien capaz de “completarnos”. Puede sonar hermoso, pero coloca sobre las relaciones una responsabilidad que nunca fueron diseñadas para soportar.
Una persona puede acompañarte, amarte, cuidarte, animarte y ser una enorme bendición en tu vida, pero no puede convertirse en la fuente definitiva de tu identidad, propósito, seguridad y esperanza.
Jeremías 17:5 advierte: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová”. Esto no significa que nunca podamos confiar en alguien, sino que ninguna persona debe convertirse en el fundamento último de nuestra seguridad.
Los seres humanos somos limitados, cambiamos, fallamos, enfermamos, nos equivocamos y eventualmente morimos. Cuando construimos nuestra estabilidad sobre una persona, inevitablemente estamos construyendo sobre algo que puede cambiar.
Por eso una relación sana no está formada por dos personas que necesitan convertirse en salvadores el uno del otro, sino por personas que reconocen que ambas necesitan al mismo Salvador. El matrimonio no fue diseñado para sustituir nuestra relación con Cristo, sino para ser vivido bajo Su señorío. Cuando Cristo ocupa el centro, podemos amar a otra persona sin exigirle que sea nuestro dios.
EL CORAZÓN NO SIEMPRE SABE LO QUE NECESITA
Nuestra cultura suele decirnos: “sigue tu corazón”, como si nuestros sentimientos fueran una guía infalible. Sin embargo, Jeremías 17:9 declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”.
Podemos sentir algo intensamente y aun así estar equivocados, podemos desear profundamente una relación y aun así esa relación alejarnos de Dios, podemos llamar amor a algo que en realidad está alimentado por miedo, dependencia, egoísmo o idolatría.
Por eso el creyente no debe preguntarse solamente “¿qué siento?”, sino también “¿qué dice Dios?”. Nuestros sentimientos son reales, pero no tienen autoridad final sobre nosotros. Necesitan ser examinados a la luz de la Palabra. Cuando nuestros deseos contradicen lo que Dios ha establecido, no necesitamos reinterpretar la Escritura para acomodarla a nuestros sentimientos, necesitamos permitir que la Escritura transforme nuestros deseos.
Romanos 12:2 nos llama precisamente a no conformarnos a este siglo, sino a ser transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Esto incluye nuestra manera de pensar acerca del amor, el noviazgo y el matrimonio. No todo lo que la cultura celebra merece ser imitado, necesitamos aprender a mirar las relaciones con discernimiento bíblico.
EL AMOR VERDADERO NO TE ALEJA DE DIOS
Una relación que constantemente te lleva a negociar tus convicciones espirituales merece ser examinada seriamente.
Si para conservar a alguien necesitas disminuir tu compromiso con Dios, justificar el pecado, esconder decisiones, abandonar la comunión con otros creyentes o ignorar principios claros de la Escritura, el problema no es que estás amando demasiado, sino que probablemente estás amando de una manera desordenada.
Jesús dijo en Mateo 22:37:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”.

Ninguna relación humana puede ocupar ese primer lugar. Podemos amar profundamente a nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestra familia y nuestros amigos, pero todos esos amores necesitan permanecer debajo de nuestro amor por Dios.
De hecho, amar primero a Dios no disminuye nuestra capacidad de amar a los demás, la ordena. Cuando nuestra identidad está segura en Cristo, dejamos de exigir constantemente que otros demuestren nuestro valor, cuando nuestra esperanza está en Cristo, podemos atravesar decepciones sin que nuestro mundo entero se derrumbe, cuando nuestra satisfacción está en Cristo, podemos amar sin convertir al otro en responsable absoluto de nuestra felicidad.
SOLO HAY UN AMOR QUE PUEDE SALVAR
La necesidad más profunda del corazón humano nunca podrá ser satisfecha completamente por otra persona. Podemos recibir un amor hermoso dentro del matrimonio, disfrutar una relación saludable y experimentar años de compañerismo, pero incluso el mejor amor humano seguirá siendo imperfecto. Existe solamente Uno cuyo amor no cambia, no falla y no depende de nuestros méritos.
Romanos 5:8 declara: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. El evangelio nos muestra un amor completamente distinto al que tantas veces persigue el mundo. Cristo no murió por nosotros porque fuéramos suficientemente atractivos, buenos o dignos de ser escogidos, nos amó cuando éramos pecadores y entregó Su vida para reconciliarnos con Dios.
Cuando comprendemos ese amor, dejamos de pedir desesperadamente a otras personas que nos den aquello que ya hemos recibido plenamente en Cristo. Ya no necesitamos que alguien nos convierta en valiosos, porque nuestro valor no depende de la aprobación humana, tampoco necesitamos encontrar nuestra identidad definitiva en una relación, porque nuestra identidad está en Cristo.
Esto no hace que el amor humano sea menos importante, al contrario, nos permite disfrutarlo correctamente. Podemos recibir el matrimonio como un regalo sin convertirlo en nuestro dios, podemos amar profundamente sin poseer, podemos comprometernos sin idolatrar y podemos disfrutar la compañía de alguien sin exigirle perfección.

GUARDA TU CORAZÓN
Proverbios 4:23 dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”.
Guardar el corazón no significa cerrarlo al amor, vivir desconfiando de todos o evitar cualquier relación profunda, significa vigilar cuidadosamente aquello que comienza a ocupar nuestros afectos, dirigir nuestras decisiones y controlar nuestras esperanzas.
También significa aprender a evaluar los mensajes que consumimos.
No necesitamos aislarnos completamente de películas, series, canciones o historias románticas, pero sí necesitamos discernimiento.
Cada historia comunica una visión acerca del amor, algunas presentan como deseable aquello que la Biblia llama egoísmo, otras convierten los celos en pasión, justifican la infidelidad en nombre de los sentimientos o presentan la obsesión como prueba de amor. Si consumimos esas ideas sin examinarlas, poco a poco pueden comenzar a moldear nuestras propias expectativas.
El amor humano es hermoso, pero nunca fue diseñado para cargar con el peso de nuestra alma. Ningún novio, novia, esposo o esposa puede ocupar el lugar de Cristo sin que eventualmente esa relación termine sufriendo las consecuencias. Las personas que amamos son regalos de Dios, no sustitutos de Dios.
Ama profundamente, comprométete, sirve, perdona, disfruta la compañía de aquellos que Dios ha puesto en tu vida, pero recuerda quién debe ocupar siempre el primer lugar. Cuando Cristo es suficiente, ya no necesitamos convertir a otra persona en nuestro salvador, podemos simplemente amarla como lo que realmente es, una criatura imperfecta que, al igual que nosotros, necesita cada día de la gracia de un Salvador perfecto.




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