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EL PELIGRO DE SERVIR A DIOS SIN AMAR A DIOS


Hay una realidad incómoda que todo creyente necesita considerar, y es que podemos hacer muchas cosas para Dios y, al mismo tiempo, estar alejándonos de Dios.


Podemos congregarnos, servir, enseñar, ayudar, defender la verdad, participar activamente en la iglesia y mantener una vida cristiana aparentemente ordenada, mientras nuestro corazón ha comenzado a enfriarse.


La actividad espiritual no siempre es evidencia de intimidad con el Señor.


Esta fue precisamente la advertencia de Cristo a la iglesia de Éfeso.


Era una congregación trabajadora, perseverante y doctrinalmente cuidadosa, sabía reconocer el error y no toleraba a quienes distorsionaban la verdad.

Desde afuera, parecía una iglesia ejemplar. Sin embargo, Jesús vio algo que ninguna lista de actividades podía revelar: «Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor» (Apocalipsis 2:4).


Cuando hacemos mucho para Dios, pero disfrutamos poco de Dios

Uno de los peligros más silenciosos de la vida cristiana aparece cuando nuestra relación con Dios comienza a convertirse principalmente en responsabilidades. Seguimos haciendo lo correcto, pero ya no encontramos el mismo deleite en Cristo, leemos la Biblia porque debemos hacerlo, oramos porque sabemos que es necesario, servimos porque alguien cuenta con nosotros, asistimos porque forma parte de nuestra rutina. Nada de esto es malo, el problema comienza cuando nuestras acciones continúan mientras nuestro afecto por Dios disminuye.


Podemos acostumbrarnos tanto a las cosas de Dios que terminemos perdiendo nuestro asombro por Dios. La Biblia puede convertirse en información, la oración en una disciplina mecánica, la iglesia en una agenda semanal y el servicio en una responsabilidad que simplemente necesitamos cumplir. Seguimos cerca de todo lo relacionado con Cristo, pero nuestro corazón puede estar lejos de Cristo.


El problema no es servir demasiado, sino intentar servir separados de la fuente de nuestro servicio. Jesús dijo: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Podemos producir actividad sin comunión, pero no podemos producir verdadero fruto espiritual sin permanecer en Él.

Cuando la doctrina llega a la mente, pero no transforma el corazón


La iglesia de Éfeso también nos recuerda que es posible conocer correctamente la verdad y aun así enfriarnos espiritualmente.


La sana doctrina es indispensable para la vida cristiana, necesitamos conocer quién es Dios, entender Su Palabra y aprender a distinguir la verdad del error, pero el propósito del conocimiento bíblico nunca ha sido simplemente hacernos personas más informadas, sino llevarnos a conocer, amar, adorar y obedecer más profundamente a Dios.


Existe una gran diferencia entre saber cosas acerca de Dios y caminar con Dios.

Podemos explicar correctamente una doctrina y continuar luchando con orgullo, podemos reconocer los errores de otros mientras ignoramos nuestros propios pecados, podemos hablar de la gracia sin mostrar gracia, defender la santidad mientras toleramos áreas ocultas de desobediencia y hablar apasionadamente de Cristo mientras nuestro corazón encuentra mayor satisfacción en otras cosas.


El conocimiento que no conduce a una vida transformada puede alimentar precisamente aquello que debería destruir: nuestro orgullo. Por eso, cada verdad que aprendemos debería llevarnos a una pregunta personal, ¿cómo debe cambiar esto mi manera de pensar, amar y vivir?


El servicio también puede convertirse en un ídolo

Incluso algo tan bueno como servir a Dios puede ocupar el lugar que solamente le pertenece a Dios. Esto ocurre cuando nuestra identidad comienza a depender de lo que hacemos, cuando necesitamos sentirnos indispensables, cuando nuestro ánimo depende del reconocimiento que recibimos o cuando estamos tan ocupados trabajando para el Señor que casi no tenemos tiempo para estar con Él.


Podemos enamorarnos de nuestro ministerio más que de Cristo, de nuestros proyectos más que de Su presencia, de los resultados más que de la obediencia, incluso podemos preocuparnos más por que las cosas salgan bien que por la condición de nuestro corazón mientras las hacemos.


Marta experimentó algo parecido cuando recibió a Jesús en su casa. Ella estaba ocupada sirviendo, mientras María estaba sentada a los pies del Señor escuchando Su palabra. Jesús no reprendió a Marta porque servir fuera incorrecto, sino porque sus muchas ocupaciones habían terminado dominando su corazón. «Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria» (Lucas 10:41-42).


El servicio cristiano encuentra su lugar correcto cuando nace de haber estado primero a los pies de Cristo.


La obediencia es fruto del amor

Jesús dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). El orden es importante, la obediencia cristiana no busca comprar el amor de Dios, nace como respuesta a ese amor. No obedecemos para conseguir que Cristo nos ame, obedecemos porque hemos sido amados por Él.


Por eso, cuando obedecer comienza a parecernos constantemente una carga, vale la pena examinar nuestro corazón. Tal vez el problema no sea solamente nuestra falta de disciplina, quizá hemos dejado de contemplar a Aquel a quien obedecemos.


El corazón necesita recordar continuamente el evangelio. Necesitamos volver una y otra vez a la realidad de quiénes éramos, lo que Cristo hizo por nosotros y quiénes somos ahora por gracia.

Cuando la cruz deja de maravillarnos, la obediencia fácilmente se convierte en obligación, pero cuando recordamos que el Hijo de Dios nos amó y se entregó por nosotros, servir deja de ser simplemente una tarea y vuelve a convertirse en una respuesta de gratitud.


Otros amores pueden ir ocupando el corazón

Rara vez dejamos de amar a Dios de un día para otro. Generalmente el enfriamiento espiritual ocurre lentamente, casi sin que lo notemos. Otros deseos comienzan a ocupar más espacio, el trabajo, el dinero, los proyectos, las relaciones, la comodidad, el entretenimiento, nuestros planes o incluso nuestras preocupaciones empiezan a dominar nuestros pensamientos.


No necesariamente abandonamos a Dios, simplemente comenzamos a desear otras cosas más que a Él.


Por eso perder el primer amor no significa necesariamente abandonar todas las prácticas cristianas. Podemos continuar asistiendo a la iglesia y, sin embargo, vivir toda la semana persiguiendo aquello que verdaderamente gobierna nuestro corazón. Podemos cantar que Cristo es suficiente mientras vivimos como si nuestra felicidad dependiera de conseguir algo más.


El problema no está en disfrutar las bendiciones que Dios nos concede, sino en pedirles que ocupen el lugar que solamente Él puede llenar.


Cuando nuestra fe se divide en dos vidas

Otro síntoma del enfriamiento espiritual aparece cuando comenzamos a vivir con dos sistemas diferentes de valores.


Tenemos una manera de pensar dentro de la iglesia y otra fuera de ella, una forma de hablar entre creyentes y otra cuando nadie de la congregación está presente, reconocemos la autoridad de las Escrituras el domingo, pero el lunes nuestras decisiones económicas, familiares, laborales o personales se gobiernan principalmente por nuestros deseos.


Cristo no vino solamente a ocupar una parte religiosa de nuestra existencia. Él es Señor de toda nuestra vida.


El evangelio transforma nuestra manera de trabajar, administrar el dinero, hablar, perdonar, relacionarnos, utilizar nuestro tiempo, enfrentar los conflictos y responder cuando nadie nos observa.

Amar a Dios significa que Su voluntad comienza a tener peso en cada rincón de nuestra existencia.

El camino de regreso

La exhortación de Cristo a Éfeso contiene también el camino de regreso: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras» (Apocalipsis 2:5).


Primero, recuerda. Recuerda la gracia que recibiste, recuerda cómo Cristo te encontró, recuerda el gozo de descubrir Su Palabra, recuerda aquellas temporadas en las que buscarlo no era simplemente una obligación, sino una necesidad de tu alma.


Después, arrepiéntete. No justifiques la frialdad espiritual ni la escondas detrás de tus actividades. El arrepentimiento comienza cuando dejamos de medir nuestra vida solamente por lo que hacemos y permitimos que la Palabra examine lo que amamos.


Finalmente, vuelve. Vuelve a la Palabra no solamente buscando información, sino buscando conocer al Dios que se revela en ella, vuelve a la oración con sinceridad, vuelve a contemplar la cruz, vuelve a agradecer, vuelve a obedecer en aquellas áreas que has descuidado, vuelve a disfrutar de Cristo.


No necesitamos fabricar artificialmente emociones espirituales, necesitamos volver nuestra mirada hacia Aquel que es digno de nuestro amor.


Antes que nuestro servicio, Dios quiere nuestro corazón

La pregunta más importante de nuestra vida cristiana no es solamente cuánto estamos haciendo para Dios, sino qué lugar ocupa Dios en nuestro corazón.


Podemos tener una agenda llena de actividades cristianas y un corazón espiritualmente vacío, podemos conocer mucho y amar poco, podemos servir a todos y haber dejado de disfrutar de Aquel a quien servimos.


Por eso necesitamos examinarnos continuamente, no para vivir obsesionados con nosotros mismos, sino para volver nuestros ojos a Cristo.


El cristianismo no comienza con lo que hacemos por Jesús, sino con lo que Jesús hizo por nosotros.

Cuando olvidamos esto, servir se convierte en carga, obedecer se convierte en obligación y perseverar se vuelve agotador. Pero cuando nuestros ojos regresan a la cruz, recordamos que servimos a Aquel que primero nos sirvió, amamos porque Él nos amó primero y entregamos nuestra vida porque Cristo entregó la Suya por nosotros.


Quizá la pregunta que necesitamos hacernos no sea solamente: ¿Estoy sirviendo a Dios?


Tal vez necesitamos ir un poco más profundo:

¿Sigue siendo Cristo el mayor amor de mi vida?


Porque el mayor peligro no siempre es dejar de hacer cosas para Dios. A veces, el mayor peligro es continuar haciéndolas cuando nuestro corazón ya ha dejado de encontrar su mayor deleite en Él.

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