CUANDO EL PERDÓN LLEGA ANTES DEL ADIÓS: UNA HISTORIA DE GRACIA Y HONRA
- Iglesia Bíblica de la Gracia
- Jun 27, 2025
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El poder del perdón, la gravedad de nuestras palabras y la misericordia de Dios son realidades que, a veces, se entrelazan en momentos inesperados.
Esta es la historia de un joven que, en medio de su inmadurez y enojo, vivió una experiencia que transformó para siempre su forma de ver a Dios, a sus padres y a sí mismo.
Un testimonio que nos recuerda cuán frágil es la vida… y cuán grande es la gracia.
“Cuando era adolescente, mi papá no vivía con nosotros porque trabajaba en otra ciudad. Aunque no estaba presente físicamente, hablábamos todos los días por teléfono, y siempre sentí su amor y preocupación.
En mi segundo año de secundaria, mi mamá, mi hermana y yo nos íbamos a mudar para estar cerca de él. Estaba emocionado por lo que venía y mis amigos, sabiendo que me iría, querían organizarme una fiesta de despedida.
Con esa emoción, le hablé a mi papá para pedirle permiso. Pero su respuesta fue un “no”. Me dijo que estaba muy chico, que no sabía qué podía pasar, que prefería que no fuera. Eran preocupaciones de padre… pero en ese momento, yo no lo vi así.
Me enojé. Colgué el teléfono molesto. Dije cosas que no debía y fui hiriente e impulsivo. En mi mente, estaba viviendo una injusticia. No pensé en su amor, sólo en lo que yo quería.
“Tu papá acaba de tener un infarto. Está hospitalizado.”
Al día siguiente, fui a la escuela como cualquier otro día. Pero antes de que terminaran mis clases, ví a mi mamá llegar de repente. Su rostro estaba desencajado, lleno de angustia. Se acercó a mí con lágrimas y me dijo:
“Tu papá acaba de tener un infarto. Está hospitalizado.” El mundo se me vino abajo.
“Dios… si existes, por favor… no dejes que muera sin poder disculparme.”
Lo primero que pensé fue en nuestras últimas palabras. Las palabras con las que cerré nuestra última conversación fueron de enojo, de deshonra. Sentí una culpa tan grande que me ahogaba. En silencio, sólo pude orar: “Dios… si existes, por favor… no dejes que muera sin poder disculparme.”
Y Dios, en su misericordia, respondió esa oración.
Mi papá sobrevivió. Estuvo un tiempo en recuperación, y yo tuve la oportunidad —una que no merecía— de pedirle perdón. Pude abrazarlo, decirle cuánto lo amaba, y empezar a comprender lo que significa honrar a nuestros padres. Desde entonces, el cuarto mandamiento quedó grabado en mi corazón:
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.”
– Éxodo 20:12
“Incluso allí, en medio de mi pecado, el Señor se glorificó dándome otra oportunidad para vivir conforme a su Palabra”
Sé que las cosas pudieron haber sido distintas. Dios no tenía ninguna obligación de concederme esa segunda oportunidad
Yo había hablado desde la soberbia y la inmadurez, sin amor ni respeto. Pero incluso allí, en medio de mi pecado, el Señor se glorificó dándome otra oportunidad para vivir conforme a su Palabra.
A veces no vemos el valor de nuestros padres hasta que la vida nos sacude. En nuestra juventud —y también en la adultez— podemos pensar que ellos no nos entienden, que sólo quieren decirnos “no”, o que nos limitan por capricho. Pero muchas veces, ese “no” es cuidado. Es amor. Es protección.
Ahora, aún en mi adultez, trato de honrar a mis padres todos los días. No porque sea perfecto, sino porque sé que el amor que ellos me han dado vino muchas veces en forma de límites, corrección o palabras firmes. Hoy lo entiendo y lo agradezco profundamente.”

Honrar a nuestros padres no significa estar siempre de acuerdo con ellos, pero sí implica respeto, gratitud y humildad. Este testimonio no es solo una historia personal; es un recordatorio para todos nosotros —seamos jóvenes o adultos, creyentes o no— de lo frágil que es la vida, y de lo necesarias que son la humildad, el perdón y la restauración.
Si has fallado, si has dicho cosas de las que te arrepientes o has actuado con orgullo, no es tarde para pedir perdón. A veces, un “perdóname” o un “gracias por lo que haces por mí” puede cambiar el ambiente de un hogar entero.
“La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor.”
– Proverbios 15:1
Si tienes la oportunidad de pedir perdón, hazlo hoy. Si puedes llamar a tu padre o a tu madre y decirles cuánto los amas, hazlo sin esperar el “momento perfecto”. Y si no los tienes contigo, honra su memoria viviendo con sabiduría, gratitud y respeto por lo que fueron.
También, si estás confundido o luchando, no te aísles. Busca consejo. Habla con creyentes mayores que puedan ayudarte a ver las cosas con más claridad. Hay sabiduría en rodearte de personas que te aman y que quieren lo mejor para ti.
Y sobre todo, recuerda esto: honrar a tus padres es también una forma de honrar a Dios. Aunque ellos no sean perfectos —como ninguno de nosotros lo es—, Él te ha puesto bajo su cuidado por un propósito.
“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.”
– Efesios 6:1
No importa tu pasado: Dios puede darte un nuevo comienzo. Ya sea que creas o que estés buscando respuestas, puedes acercarte a Él. Su misericordia alcanza incluso al corazón más endurecido. Su gracia puede restaurar lo que parecía perdido
Vive con propósito. Aprende a escuchar. Y no dejes que el orgullo te robe la oportunidad de amar, de restaurar y de crecer en gracia.
Porque cuando el perdón llega antes del adiós, no sólo sana una relación, sino que transforma un corazón.


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