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NUESTRA SALVACIÓN AÚN ESPERA SU PLENITUD


Cuando hablamos de salvación, con frecuencia pensamos en ella como algo que ya ocurrió por completo.


El creyente ha sido perdonado, reconciliado con Dios y recibido una nueva vida por medio de Jesucristo.


Todo esto es verdadero, la obra de Cristo es perfecta y suficiente, nada puede añadirse a lo que Él hizo para asegurar nuestra redención.


Sin embargo, la Biblia también presenta la salvación como una obra cuyos beneficios todavía esperamos experimentar en toda su plenitud.


Esta verdad nos ayuda a comprender que la esperanza cristiana no termina simplemente con la muerte.

Para quienes están en Cristo, morir significa partir para estar con el Señor, descansar de las aflicciones de este mundo y disfrutar de Su presencia, pero la historia de la redención todavía tiene un capítulo glorioso por delante. El creyente espera la resurrección, la glorificación de su cuerpo y la restauración definitiva de todas las cosas.


UNA SALVACIÓN PRESENTE Y FUTURA

La Escritura habla de nuestra salvación como una realidad que ya poseemos y, al mismo tiempo, como algo cuya consumación todavía esperamos, en Cristo hemos recibido perdón, justificación y reconciliación con Dios, pero seguimos viviendo en un mundo marcado por el pecado, la corrupción, el sufrimiento y la muerte.


Por eso Pablo habla de la esperanza de una redención futura, incluso después de explicar las bendiciones que ya pertenecen a quienes están en Cristo. El Espíritu Santo es presentado como garantía de nuestra herencia «hasta la redención de la posesión adquirida» (Efesios 1:14). No significa que la obra de Cristo esté incompleta, significa que todavía esperamos disfrutar plenamente de todo aquello que Su obra aseguró para nosotros.


Cuando Jesús declaró en la cruz «Consumado es» (Juan 19:30), anunció la suficiencia de Su obra redentora. El precio del pecado fue pagado, la justicia de Dios fue satisfecha y la salvación fue asegurada para Su pueblo. Sin embargo, todavía esperamos el día en que todos los efectos de esa redención sean manifestados plenamente.


LA MUERTE NO ES EL FINAL DE NUESTRA ESPERANZA


La muerte del creyente es profundamente distinta de la muerte de quien está separado de Cristo.


Para el cristiano, morir significa estar con el Señor, por eso podemos enfrentar la muerte con una esperanza que el mundo no posee. Pero aun esa maravillosa realidad no constituye la etapa final del plan de Dios para nosotros.


Después de la muerte existe un periodo de espera hasta el regreso de Cristo y la resurrección.


Durante ese tiempo, el creyente está verdaderamente en la presencia del Señor, pero todavía espera aquello que Dios ha prometido para la totalidad de su persona.

Esta distinción es importante porque nuestra esperanza cristiana no consiste simplemente en que nuestra alma vaya al cielo. La esperanza bíblica es mucho más amplia, esperamos que Cristo regrese, que los muertos en Él resuciten y que aquello que fue afectado por el pecado sea finalmente restaurado.


DIOS TAMBIÉN REDIME NUESTRO CUERPO

Desde el principio, Dios creó al ser humano como una unidad de cuerpo y alma. El cuerpo no es una parte accidental o innecesaria de nuestra humanidad, forma parte del diseño bueno de Dios. Por eso la muerte es una consecuencia tan dolorosa del pecado, porque produce una separación que nunca perteneció al propósito original de la creación.


La salvación de Dios responde también a esta realidad. Cristo no vino únicamente para salvar una parte invisible del ser humano, Su obra redentora alcanza nuestra persona completa. Por eso la resurrección ocupa un lugar tan importante dentro de la esperanza cristiana.


Pablo declara que llegará el momento en que «esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Corintios 15:53). Nuestro cuerpo actual está sujeto al desgaste, la enfermedad, la debilidad y finalmente la muerte, pero no permanecerá así para siempre. Dios ha prometido levantar a Su pueblo con cuerpos glorificados, libres de corrupción y preparados para vivir eternamente en Su presencia.


Por eso Pablo también habla de creyentes que esperan «la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23). La salvación que Cristo compró incluye aquello que hoy vemos deteriorarse, nuestra redención será tan completa que alcanzará cada aspecto de nuestra humanidad.

LA RESURRECCIÓN DE CRISTO ES NUESTRA GARANTÍA


La resurrección de Jesús ocupa un lugar central en nuestra esperanza porque nos muestra que la muerte no tiene la última palabra.


Cristo no permaneció en el sepulcro, resucitó corporalmente y Su victoria anticipa lo que sucederá con quienes le pertenecen.


Su resurrección no es solamente una demostración de Su poder, también es la garantía de nuestra futura resurrección.


El mismo Dios que levantó a Cristo levantará a Su pueblo, la muerte será vencida definitivamente y aquello que ahora es mortal será revestido de inmortalidad.

Esto cambia profundamente nuestra manera de pensar acerca del futuro. El cristiano no espera convertirse en un ser puramente espiritual por toda la eternidad, espera ser restaurado plenamente conforme al propósito de Dios. Nuestra esperanza es una existencia renovada, completa y libre de las consecuencias del pecado.


SEREMOS CONFORMADOS A LA IMAGEN DE CRISTO

La meta de nuestra salvación no consiste únicamente en escapar del juicio, Dios está formando un pueblo que refleje la imagen de Su Hijo. Durante nuestra vida cristiana somos transformados progresivamente, aprendemos a abandonar el pecado, crecer en santidad y vivir de una manera que honre a Cristo.


Pero esa transformación todavía es imperfecta. Seguimos luchando contra el pecado, experimentamos debilidad y vivimos dentro de cuerpos sujetos a las consecuencias de la caída. Por eso nuestra santificación presente apunta hacia una realidad futura mucho mayor, la glorificación.


Cuando Cristo regrese, Su pueblo será finalmente conformado a Su imagen de una manera que ahora todavía no experimentamos. El pecado ya no estará presente, nuestros cuerpos serán glorificados y nuestra comunión con Dios no será interrumpida por ninguna de las limitaciones que conocemos actualmente.


Ese es el destino hacia el cual avanza nuestra salvación. Dios no dejará Su obra inconclusa, lo que comenzó en nosotros será llevado hasta su cumplimiento.


ESPERAMOS EL REGRESO DE CRISTO

Comprender esta verdad transforma la manera en que pensamos acerca de la esperanza cristiana.


Nuestro mayor anhelo no debería limitarse simplemente a dejar este mundo cuando muramos, nuestra mirada debe dirigirse también hacia el regreso de Jesucristo.


Esperamos al Rey que volverá, esperamos la resurrección, esperamos cuerpos glorificados, esperamos la desaparición definitiva del pecado y esperamos vivir eternamente bajo el gobierno perfecto de Cristo.


La esperanza cristiana mira hacia adelante porque sabe que Dios todavía cumplirá promesas extraordinarias.

Mientras llega ese día, vivimos entre lo que ya hemos recibido y lo que todavía esperamos. Ya pertenecemos a Cristo, ya hemos sido reconciliados con Dios, ya tenemos vida eterna, pero todavía esperamos contemplar nuestra salvación en toda su plenitud.


La muerte, entonces, no es el último capítulo de la historia del creyente. Más allá de ella está la resurrección, más allá de nuestra debilidad está la glorificación y más allá de este mundo quebrantado está la restauración que Dios ha prometido.


Nuestra esperanza final no está simplemente en morir e ir al cielo, está en Cristo mismo y en el día de Su regreso. Entonces nuestra redención será manifestada plenamente, seremos transformados a Su imagen y disfrutaremos para siempre de todo aquello que Él aseguró para nosotros por medio de Su obra perfecta.

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