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CÓMO PERMANECER FIRMES EN MEDIO DE LA BATALLA ESPIRITUAL


La vida cristiana no está exenta de luchas. Desde el momento en que una persona ha sido alcanzada por el evangelio comienza a experimentar una realidad que la Escritura presenta con claridad: existe una batalla espiritual.


No se trata de vivir con temor, atribuyendo cada dificultad a un ataque del enemigo, sino de reconocer que el creyente vive en un mundo caído, enfrenta la influencia del pecado y tiene un adversario que busca apartarlo de la verdad, debilitar su fe y distraerlo de una vida centrada en Cristo.


Por esta razón, la vida cristiana requiere vigilancia. Es fácil reconocer la existencia de la batalla espiritual en teoría y, al mismo tiempo, vivir como si no existiera.

Podemos acostumbrarnos a nuestras rutinas, confiar demasiado en nuestras propias capacidades y descuidar aquellas disciplinas que Dios ha provisto para nuestro crecimiento.

La Escritura nos llama a permanecer sobrios y alertas, conscientes de nuestras debilidades, pero también confiados en el poder y la fidelidad de Dios.


CULTIVAR UN CORAZÓN HUMILDE

Una de las mayores fortalezas del creyente es reconocer su propia debilidad. La humildad nos recuerda que necesitamos continuamente de Dios, que no somos autosuficientes y que todo crecimiento, capacidad y fruto espiritual dependen finalmente de Su gracia. El orgullo hace que una persona confíe en sí misma, mientras que la humildad la lleva a descansar en el Señor.


Cuando olvidamos nuestra dependencia de Dios comenzamos a confiar en nuestra experiencia, conocimiento, capacidades o incluso en los logros que hemos alcanzado. Poco a poco podemos llegar a pensar que somos capaces de permanecer firmes por nuestras propias fuerzas. Sin embargo, Jesús enseñó una verdad que debe acompañarnos durante toda nuestra vida cristiana: separados de Él nada podemos hacer.


La humildad también nos permite reconocer nuestras debilidades, recibir corrección, buscar consejo y caminar acompañados por otros creyentes. Quien reconoce que puede caer será más cuidadoso con sus decisiones, sus pensamientos y sus afectos, no porque viva dominado por el miedo, sino porque comprende cuánto necesita de la gracia de Dios.


HACER DE LA ORACIÓN UNA FORMA DE DEPENDENCIA


La oración no debería aparecer únicamente cuando las circunstancias se vuelven difíciles.


Orar es reconocer que necesitamos a Dios en todo momento, es expresar nuestra dependencia de Él y recordar que nuestras fuerzas son limitadas.


Una vida de oración constante mantiene nuestro corazón consciente de quién es Dios y de cuánto necesitamos Su dirección.


Con frecuencia intentamos resolver primero nuestras dificultades con nuestros propios recursos y acudimos a la oración cuando estos se agotan.

Oramos para pedir sabiduría, fortaleza, protección, discernimiento y perseverancia, pero también para alinear nuestro corazón con la voluntad de Dios. Sin embargo, la Escritura presenta la oración como una parte esencial de la vida del creyente.


La oración tampoco debe entenderse como una fórmula que garantiza que todo sucederá como deseamos. Su propósito es mucho más profundo, nos acerca a Dios, fortalece nuestra comunión con Él y nos enseña a depender del Espíritu Santo mientras atravesamos tentaciones, decisiones, pruebas y luchas.

PERMANECER FIRMES EN LA VERDAD

En una batalla espiritual, no solamente están en juego nuestras emociones o circunstancias, también está en juego aquello que creemos. Por eso, conocer la Palabra de Dios y permanecer firmes en la sana doctrina no es algo reservado para pastores, maestros o personas con muchos años en la fe, es una necesidad para todo creyente.


Cuando desconocemos la verdad somos más vulnerables a aceptar ideas que parecen correctas, pero que poco a poco pueden alejarnos de lo que Dios ha revelado. No todo mensaje que utiliza palabras cristianas necesariamente representa fielmente la enseñanza de las Escrituras, por eso necesitamos desarrollar discernimiento y aprender a examinar aquello que escuchamos, creemos y compartimos.


La sana doctrina no tiene como propósito llenar nuestra mente de información, sino transformar nuestra manera de vivir. Conocer correctamente quién es Dios, qué ha hecho Cristo, qué es el evangelio y cómo debemos responder a estas verdades produce convicciones que sostienen nuestra vida cuando las emociones cambian o las circunstancias se vuelven difíciles.


UNA BATALLA QUE SE LIBRA CADA DÍA


Permanecer firmes espiritualmente no depende de una experiencia extraordinaria, sino de una vida cotidiana de dependencia de Dios.


La humildad nos recuerda que necesitamos Su gracia, la oración mantiene nuestro corazón cerca de Él y Su Palabra nos permite reconocer la verdad en medio de tantas voces que buscan nuestra atención.


Habrá momentos de cansancio, tentación, confusión y dificultad, pero el creyente no enfrenta estas luchas confiando únicamente en sus propias fuerzas.


Nuestra seguridad se encuentra en Cristo, en Su obra y en las promesas que Dios ha revelado en Su Palabra.

La batalla espiritual es real, pero también lo es la fidelidad de Dios. Por eso, nuestro llamado no es vivir atemorizados por el enemigo, sino permanecer vigilantes, crecer en humildad, perseverar en oración y afirmarnos cada día más en la verdad.


Permanecer firmes comienza reconociendo que necesitamos a Dios hoy tanto como lo necesitábamos el primer día que creímos.

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